Los Más listos de la clase
Hace un par de semanas, en el especial sobre el cerebro que lanzó Muy Interesante, publiqué un artículo donde planteo algunas cuestiones relevantes acerca del origen, evolución y estado actual del concepto de la «inteligencia social». Mi interés en ello, como os habrá pasado a muchos de vosotros, se debe a la constatación de que no existe relación alguna entre obtener puntuaciones altas en las pruebas clásicas que evalúan la inteligencia y el éxito en la vida, ya sea en el plano personal o profesional. Esta brecha entre ambas realidades pone de manifiesto, una vez más, que los programas educativos no están diseñados para desarrollar a las personas en todas sus facetas y potencialidades, especialmente aquellas que necesita para triunfar en la vida.
Inteligencia social
Winston Churchill no era precisamente un estudiante ejemplar. Cuando estuvo internado en un colegio de élite de la ciudad de Ascot, se le castigaba con frecuencia y sus notas siempre se encontraron entre las peores de la clase. Año tras año, era incluido en el grupo de los menos avanzados y también le rechazaron varias veces en las pruebas de acceso a la Academia Militar de Sandhurst. Pero lo que muchos desconocían por aquel tiempo es que Churchill poseía otro tipo dehabilidades que iban a jugar un papel fundamental en el futuro de la humanidad. Poco a poco empezó a destacar en la política. Sus dotes de orador y el sentido del humor que mostraba en sus intervenciones públicas seducían a los británicos.
La vida y logros de Churchill son un ejemplo perfecto de lo que puede conseguir una persona que posee una excepcional inteligencia social, un concepto que introdujo en 1920 el psicólogo norteamericano Edward Thorndike, y que remite a la capacidad para comprender y relacionarse con sabiduría en nuestro trato con otros individuos. Thorndike abrió de esta manera, por primera vez, el debate de la existencia de inteligencias múltiples, que incluye una dimensión social. Howard Gardnery Daniel Goleman continuaron trabajando en esta línea.
La gente con una inteligencia social muy desarrollada suele empatizar y hacer sentir bien a los que le rodean. Por medio de su comunicación verbal y no verbal, emiten mensajes a su entorno que provocan sensaciones de aprecio y respeto. Además, son capaces de transmitir emociones positivas, lo que se traduce en más posibilidades de obtener la colaboración, llegar a un acuerdo favorable o incluso resolver un grave conflicto. Estas competencias sociales se pueden entrenar a lo largo de la vida y son tan necesarias en el patio de un colegio como en las transacciones bursátiles más importantes de Wall Street.
Un buen caso de cómo aplicar esas cualidades en situaciones difíciles nos la proporcionó uno de los padres de la Teoría de la Comunicación Humana, el psicólogo austriaco Paul Watzlawick, quien cuenta la historia de un oficial del ejército al que ordenaron dispersar un motín en una plaza pública. El oficial, cuando se acercó al lugar con su destacamento, apuntó a la gente y gritó: «Señores, tengo la orden de despejar la concentración, pero tengo entendido que hay muchos hombres buenos entre ustedes, por lo que les ruego se aparten para no herir a ningún inocente». De manera inmediata, las emociones de la muchedumbre sufrieron un cambio radical y el lugar quedó despejado en pocos minutos sin que hubiera un solo disparo, gracias a la inteligencia social del militar.
Hipótesis de la inteligencia social o «cerebro social»
Un proceso tan complejo como es el desarrollo de la inteligencia social solo pudo ser favorecido porselección natural si aporta beneficios claros a la especie que la emplea. A lo largo de su carrera, el psicólogo Nicholas Humphrey realizó cientos de pruebas a macacos criados en cautividad. Humphrey estaba intrigado porque no lograba entender cómo eran capaces de realizar con éxito unas tareas tan complicadas como las que les proponía. Estos monos nunca habían tenido que buscar comida por sí solos ni defenderse de depredadores. Humphrey llegó a la conclusión de que lo que desencadena la inteligencia es el contexto social, ya que estos macacos sí vivían en grupos muy complejos. Estas conjeturas le llevaron a formular la «hipótesis de la inteligencia social». Dicha propuesta desarrolla la idea de que la inteligencia superior de algunos primates fue estimulada por la compleja red de relaciones en la que nos desenvolvemos.
El biólogo evolucionista Robert Dunbar, de la Universidad de Oxford, ha probado que en los mamíferos, existe una correlación entre el volumen relativo del cerebro -o cociente de encefalización- y el tamaño del grupo en el que vive esa especie. Dunbar recuerda que no es exclusivamente un asunto de dimensiones, sino también de conexiones cerebrales, ya que éstas se incrementan con la calidad y la cantidad de las relaciones que mantenemos.
es 93: «Somos supersociales por naturaleza», con Robin Dunbar.
La neurofisiología y desarrollo de la inteligencia social
Hace un par de décadas, la psiquiatra de la Universidad de California Leslie Brothers, sugirió que determinadas zonas de la corteza prefrontal del cerebro están relacionadas de una manera directa con la inteligencia social y la empatía. Esta estructura, fue la última que se desarrolló en la evolución y es considerablemente mayor en los humanos que en otras especies. Aún así, el córtex prefontal no actúa de manera independiente, ya que necesita de la interacción con otras áreas más primitivas del cerebro para su correcto funcionamiento. Un hecho que confirma esta idea es que individuos que sufren una lesión que daña la comunicación entre dichas estructuras, ven afectado su comportamiento e inteligencia social.
Un buen ejemplo de esta relación entre diversas partes del cerebro y de la importancia de las emociones en la inteligencia social fue recogido por el neurocientífico Antonio Damasio, quien cuenta el caso de un brillante abogado al que se le diagnosticó un tumor cerebral y tuvo que ser operado de urgencia. Durante la operación, el cirujano desconectó el córtex prefrontal de laamígdala (el área de donde surgen las emociones). Después de la intervención la situación que se produjo era sorprendente: en los tests de inteligencia, memoria y atención, el abogado era tan inteligente como antes; pero era incapaz de llevar a cabo su trabajo. Al poco tiempo lo perdió y también se rompió su matrimonio. Desesperado, acudió a la consulta de Damasio para que le ayudara con su problema. Al principio, Damasio estaba totalmente confundido porque las pruebas indicaban que el abogado estaba sano. La solución la descubrió cuando preguntó: «¿cuándo podemos tener la próxima visita?». Fue entonces cuando comprobó que el paciente podía darle todo tipo de explicaciones, incluso mencionar las ventajas e inconvenientes de todas las posibilidades, pero no podía decidirse por la mejor. Damasio cree que para tomar una buena decisión necesitamos tener sentimientos sobre nuestras ideas y la lesión del abogado había dañado esas conexiones que existen entre los pensamientos y las emociones.
En los años 90, el neurocientífico Giacomo Rizzolatti, identificó unas células nerviosas, llamadas«neuronas espejo» que nos ayudan a empatizar con las emociones de otros. Otros mecanismos para conectar están relacionados con el comportamiento y la expresión de las emociones. Estos comienzan su entrenamiento desde el mismo día en que nacemos. Por ejemplo, mediante expresiones faciales, movimientos de los brazos o determinados sonidos, la madre conecta y se sincroniza con el bebé. Los registros cerebrales indican que, ya en esas primeras fases de la vida, la transmisión del estado emocional es inmediata y además genera satisfacción.
Redes 56: «Mentes conectadas sin brujería», dedicado a las neuronas espejo.
Este tipo de evidencias avalan la idea de que los humanos estamos «diseñados» para vivir en grupo, porque en los últimos millones de años de la evolución, además de estar obligados a interaccionar con un entorno físico o medio ambiente, también ha habido una fuerte presión ambiental para gestionar un entorno social compuesto de un sofisticado universo de relaciones sociales. En este contexto, ser capaz de conectar de una manera positiva con los otros miembros es algo fundamental para nuestra supervivencia.
Por esta y otras razones, la mayor parte de los expertos creemos que los factores de éxito de las personas depende más de la inteligencia emocional y social que de otros tipos. Administrar las relaciones adecuadamente, es el factor determinante a la hora de, por ejemplo, ascender de empleo, conseguir que me ayuden mis vecinos u obtener y mantener relaciones afectivas de calidad.
Lejos quedan los días en que la inteligencia era medida a través de expedientes académicos o pruebas de cociente intelectual. No hay correlación alguna entre ser el más listo de la clase y el éxito personal o profesional. En nuestra especie, este depende de una infinidad de aptitudes más, la mayoría de ellas relacionadas con la vida en grupo y la inteligencia social.
Bastante interesante; hoy por hoy compruebo la calidad de este sitio. Mil gracias Patricia Giménez por compartir estos temas. Soy tu fan!!!